Panorámica de un fondo de valle verde con viñas, huertos y un caserío junto al camino, entre terrazas de laderas desnudas y cerros al fondo; en primer plano, cactus columnares.

El territorio

El Limarí del Pacífico a los Andes: agua escasa, capas de tiempo, fiestas, vida campesina y oficios.

Fondo de valle regado en las afueras de Ovalle, en diciembre de 2022. Foto: Rjcastillo, CC BY-SA 4.0

Cinco comunas, tres paisajes

La provincia del Limarí ocupa el centro de la Región de Coquimbo, entre las provincias de Elqui, al norte, y Choapa, al sur. Tiene 13.553 kilómetros cuadrados y cinco comunas: Ovalle, Monte Patria, Río Hurtado, Combarbalá y Punitaqui.

Es una tierra de valles transversales: sus ríos bajan desde cumbres de unos 4.500 metros y la mayoría se reúne en el río Limarí, que desemboca en el Pacífico junto a Fray Jorge. En ese trayecto se suceden tres paisajes: en la costa, niebla y bosque relicto; en el centro, un valle de terrazas, ríos y pueblos antiguos; al oriente, valles altos de piedra, cabras y cielo despejado. Visto desde lo alto, el valle es un conjunto de cerros secos cortados por franjas verdes, y ese verde depende del trabajo de la gente: llueve poco y de forma irregular, y los cultivos se riegan con una red de canales y tres embalses construidos en el siglo XX. Fuera de las franjas regadas domina el secano, donde las comunidades agrícolas mantienen la tierra en común.

Sobre ese paisaje se acumulan capas de tiempo: los troncos petrificados y los restos de dinosaurios del Cretácico en Pichasca; una ocupación humana de hace cerca de diez mil años; el arte rupestre del Valle del Encanto; las culturas El Molle, Las Ánimas y Diaguita; el cobre de Tamaya, el ferrocarril y pueblos de adobe como Barraza. Muchas tradiciones siguen vivas, como los bailes chinos, la fiesta del Niño Dios de Sotaquí, la trashumancia de los crianceros y la destilación del pisco. Los seis capítulos que siguen resumen lo que reunió la investigación territorial de la Red y lo que se dijo en el simposio «Limarí, lo que somos».

Agua escasa, niebla y cielos despejados

De oeste a este, el Limarí se ordena en tres franjas. Junto al mar, el cordón de los Altos de Talinay alcanza entre 500 y 700 metros de altitud a menos de diez kilómetros de la costa; al centro se abre un valle amplio, con terrazas fluviales y buenos suelos, donde está Ovalle; al oriente, los valles se estrechan hacia cumbres andinas de unos 4.500 metros. La mayor parte de ese territorio drena hacia el río Limarí, que nace a pocos kilómetros al oriente de Ovalle, en la junta del Hurtado y el Grande, y recorre unos sesenta kilómetros hasta el mar. El Hurtado baja por el norte y en su cabecera depende de la nieve; el Grande llega del sur con las aguas del Tascadero, el Mostazal, el Rapel y el Guatulame, que a su vez recibe las del Cogotí, el Pama y el Combarbalá.

El clima es semiárido: en Ovalle llueve poco, casi todo entre mayo y agosto, y un año puede ser muy distinto del siguiente, como 1997, con 299,7 milímetros, y 1998, con apenas 8,6. Por esa sequía constante, recordó en el simposio el historiador Rodrigo Iribarren Avilés, en el siglo XX se construyeron los embalses Recoleta, Cogotí y La Paloma; según la Dirección General de Aguas, con sus canales forman un solo sistema que riega más de 70.000 hectáreas. A mediados de 2026, con caudales bajo lo normal por séptimo año consecutivo, los embalses del Limarí estaban al 6% de su capacidad, y el Centro de Estudios Avanzados en Zonas Áridas (CEAZA) propuso hablar de «desertificación» en vez de sequía. Ese invierno, con El Niño activo, seis días seguidos de lluvia entre el 15 y el 21 de julio dejaron a Recoleta y Cogotí sobre el 98% de su capacidad, y a fines de septiembre los embalses del Limarí llegaban al 70%. Aun así, CEAZA mantiene ese término, y el valle verde de la primavera de 2026 es una excepción, no su estado habitual.

En la costa, el agua llega como niebla. El anticiclón del Pacífico, el agua fría que aflora desde el fondo del mar y la inversión térmica sostienen una capa de nubes bajas que choca con los cerros de Talinay y forma la camanchaca. En Fray Jorge, los olivillos atrapan sus gotas, que escurren hasta el suelo y mantienen musgos, líquenes y helechos; junto a ellos crecen el arrayán, el petrillo y el canelo, que aquí llega al límite norte de su distribución en Chile. Según CONAF, este bosque en manchones es un resto de la selva de tipo valdiviano que llegó a estas latitudes durante la última glaciación; lo protege un Parque Nacional creado en 1941, núcleo de una Reserva de la Biósfera de la UNESCO desde 1977. En el matorral de copaos y guayacanes que lo rodea, después de los inviernos lluviosos florecen añañucas, azulillos, lirios del campo y huillis.

Tierra adentro, sobre los 800 metros de altitud, casi no hay nubes y el aire es seco. El cielo nocturno de la provincia tiene dos certificaciones de la Fundación Starlight. Fray Jorge es desde julio de 2013 la primera Reserva Starlight de Sudamérica, y el Observatorio Cruz del Sur, en el cerro El Peralito, a 3,5 kilómetros de Combarbalá, es Observatorio Turístico Starlight desde mayo de 2025; sus cuatro cúpulas están dispuestas como la constelación que le da nombre. En el simposio, la arqueóloga Daniella Jofré señaló que algunos sitios antiguos se vinculan con la orientación de los cursos de agua y con la observación del cielo, un tema que la arqueología ha investigado poco. Cada ambiente tiene, además, su sonido: el viento y el oleaje en la costa, el agua de ríos y canales en los valles, las cabras en el secano, la flauta y el tambor de los chinos en las fiestas religiosas.

Pasarela de madera con barandas que se pierde en una bruma blanca, entre arbustos y árboles de follaje oscuro.
Pasarela del sendero del bosque de Fray Jorge envuelta en camanchaca. Parque Nacional Bosque Fray Jorge, comuna de Ovalle. Foto: Germano1982, CC BY-SA 4.0
107,6 mm
Lluvia anual promedio en Ovalle entre 1980 y 2015. Cerca del 90% cae entre mayo y agosto.
750 millones
Metros cúbicos de capacidad de La Paloma, el embalse más grande de la Región de Coquimbo.
86,7 ha
Superficie total de los manchones del bosque relicto de Fray Jorge, de 0,1 a 22 hectáreas cada uno.
15 °C
Diferencia aproximada entre el día y la noche en enero, en Ovalle y en el embalse La Paloma.

Capas de tiempo en la piedra

Como los demás valles transversales del Norte Chico, el Limarí corta el territorio de los Andes al Pacífico sin la depresión intermedia que más al sur separa las dos cordilleras. En sus rocas quedó escrita una historia que empieza en el Cretácico, y de ellas salen las dos Piedras Nacionales de Chile que tiene la provincia. El lapislázuli viene de la mina Flor de los Andes, en la alta cordillera de Monte Patria, cerca del límite con Argentina; es el único yacimiento de esa roca azul conocido en el país. La combarbalita, de los alrededores de Combarbalá, cambia de color según el mineral que predomina: rojiza con hematita, blanca con caolinita, verde turquesa con schlossmacherita.

Pichasca, en la comuna de Río Hurtado, reúne las dos escalas de esta historia. El Monumento Natural Pichasca, administrado por CONAF, guarda troncos petrificados de araucaria, improntas de hojas, huesos de titanosaurios (dinosaurios herbívoros de cuello largo) y fragmentos de caparazones de tortuga. Allí apareció en 1989 un diente que un estudio de la Red Paleontológica de la Universidad de Chile identificó en 2023 como de abelisáurido, un dinosaurio carnívoro de brazos muy cortos. Las fuentes no coinciden en la edad de esos estratos: todas los sitúan en el Cretácico, pero la cifra exacta sigue abierta. En el mismo monumento, bajo un bloque de roca de unos 80 metros de largo, se abre el alero San Pedro Viejo de Pichasca, la «Casa de Piedra», con la ocupación humana fechada más antigua de la provincia.

  1. Cretácico inferior

    Se depositan las calizas de la Formación Tascadero y las tobas y brechas volcánicas de la Formación Quebrada Marquesa. Mucho después, probablemente entre 80 y 70 millones de años atrás, una alteración de estas últimas forma la combarbalita, Piedra Nacional desde 1993.

  2. Cretácico, edad exacta en discusión

    Quedan sepultados los troncos de araucaria, las hojas y los huesos de dinosaurio que hoy protege Pichasca, Monumento Histórico desde 1969 y Monumento Natural desde 1985.

  3. Hace entre 13 y 9 millones de años

    Unos 24 millones de años atrás, la intrusión de un plutón había transformado las calizas de Tascadero y formado en ellas haüyna. Ahora, una alteración hidrotermal le agrega azufre y la convierte en lazurita, el mineral que da el color azul. Así se forma el lapislázuli de Flor de los Andes, Piedra Nacional desde 1984.

  4. 11.000 a 8.500 años AP

    En la zona de Pama y Combarbalá hay contextos del complejo Huentelauquén, cazadores-recolectores de orientación costera que se adentraban por temporadas en el interior. En La Fundición 1, uno de sus campamentos en el interior del valle del Elqui, apareció combarbalita traída desde lejos como materia prima.

  5. 9.920 ± 110 años AP

    Fechado radiocarbónico del estrato más profundo del alero de Pichasca, publicado en 1971 por Gonzalo Ampuero y Mario Rivera, que lo excavaron en 1968. Sus ocupantes usaban puntas de piedra triangulares y dejaron conchas de choro zapato, loco y ostión, que los investigadores interpretan como prueba de desplazamientos entre la costa y la cordillera.

  6. Hacia 2000 a.C.

    Grupos de cazadores dejan rastros en la quebrada del Valle del Encanto, según el Consejo de Monumentos Nacionales.

  7. 500 a 700 d.C.

    Fecha que el Consejo de Monumentos Nacionales asigna a los petroglifos y pictografías del Valle del Encanto, atribuidos a la cultura El Molle, la primera población agricultora y alfarera de la secuencia regional. A esa cultura se asocia el tembetá, un adorno que se insertaba en el labio inferior.

  8. Hacia el año 1000 d.C.

    Después del complejo Las Ánimas, en uno de cuyos entierros tempranos una persona aparece rodeada de tres camélidos, comienza la cultura Diaguita: agricultores de los valles y alfareros de cerámica geométrica y del jarro pato, una vasija asimétrica con forma de ave.

  9. Hacia 1470

    La población diaguita es incorporada al Tawantinsuyu, el estado inca. La cerámica del Museo del Limarí, en Ovalle, viene sobre todo de este período de contacto. Iribarren recordó en el simposio que en El Chañar, Río Hurtado, se llamaba «camayos» a quienes repartían el agua de la hacienda, una palabra que viene del quechua kamayuq, encargado.

La huella más visible de esa secuencia está a unos 20 kilómetros al poniente de Ovalle. El Valle del Encanto, descubierto en 1946 y Monumento Histórico desde 1973, es una quebrada de unas tres hectáreas con petroglifos de rostros. Tienen tocados o penachos, contorno ovoide o semicircular, ojos y cejas marcados con círculos y líneas, y no tienen boca: es el conjunto de rasgos que los arqueólogos llaman «estilo Limarí». Junto a ellos hay escasas pictografías rojas de líneas onduladas o quebradas y abundantes piedras tacitas, oquedades de 10 a 15 centímetros de diámetro que, se cree, sirvieron para guardar o moler alimentos. Como explicó Jofré en el simposio, es una quebrada acotada, con cursos de agua y un área de cementerio que se excavó, y se entiende mejor junto con su paisaje y las rutas que la conectaban.

En la costa vivían los changos, conocidos por sus balsas de cuero de lobo marino. Esa historia no quedó solo en los museos: el pueblo Diaguita está reconocido en la Ley Indígena desde 2006 y el pueblo Chango desde 2020, y, como recordó Jofré en el simposio, desde 2006 las agrupaciones diaguitas han empezado a retomar algunas prácticas.

Rostro semicircular grabado en una roca gris, con dos ojos en espiral, líneas onduladas en su interior y una pequeña figura sobre la cabeza.
Petroglifo de rostro con tocado en un bloque de roca del Valle del Encanto, comuna de Ovalle. Foto: Bachelot Pierre J-P, CC BY-SA 3.0
Techo de roca rojiza que se proyecta sobre un suelo de tierra en pendiente, con un sendero bordeado de piedras y dos personas sentadas al fondo.
Alero de la Casa de Piedra, en el Monumento Natural Pichasca, comuna de Río Hurtado. Foto: Frguerre (Wikimedia Commons), CC BY-SA 3.0
Vasija de cerámica anaranjada con forma de cabeza humana, nariz y dientes modelados, franjas negras alrededor de los ojos y una abertura circular en lo alto.
Paqcha en forma de cabeza humana, un recipiente ceremonial para verter chicha, del período de dominio inca en el Valle del Limarí. Pertenece al Museo del Limarí; la foto se tomó probablemente en Santiago, durante su préstamo al Museo Chileno de Arte Precolombino. Foto: Carlos Teixidor Cadenas, CC BY-SA 4.0

Colonia, república y migraciones

La ocupación hispana del valle se organizó con dos instituciones distintas: la encomienda, que asignaba grupos de indígenas a un español, y la merced de tierra, que concedía el suelo y dio origen a estancias y haciendas de ganado, trigo, viña, molinos y minas. En el simposio, Iribarren citó una estimación de Jorge Hidalgo de unos 20.000 indígenas en el Norte Chico a la llegada de los españoles, frente a las 3.630 personas anotadas en el registro que levantó el oidor Hernando de Santillán a mediados del siglo XVI. Para suplir esa caída, explicó, se trasladó a la fuerza a huarpes de Cuyo, a indígenas del sur del Perú y a prisioneros de la frontera mapuche, y luego a personas africanas esclavizadas, cuya presencia en el valle llegó hasta el siglo XIX. Tras el terremoto de Lima de 1687, el Perú pasó a comprar trigo a Chile, y según Iribarren la mayor parte del que se embarcaba en Coquimbo hacia el Callao salía del Limarí. En el siglo XX desapareció la mayoría de los molinos harineros, aunque el historiador Sergio Peña Álvarez contó que, recorriendo el valle con Iribarren, encontraron una gran cantidad de molinos antiguos.

Barraza, con el título de Villa de San Antonio del Mar, fue la cabecera del Limarí entre 1818 y 1831. En abril de ese último año, la Asamblea Provincial de Coquimbo acordó fundar una villa en Tuquí Bajo, en terrenos cedidos por Micaela Campos y Gaviño y su marido, Juan Antonio Perry. La villa tomó el nombre del vicepresidente José Tomás Ovalle, muerto en Santiago un mes antes, y el periódico La Bandera Tricolor, en un pasaje que Iribarren leyó en el simposio, la imaginaba como «un centro de relaciones de todos los valles». El crecimiento de Ovalle le restó peso a Barraza, y por eso el pueblo conserva su trazado y buena parte de sus casas de comienzos del siglo XIX. Tienen muros de adobe colocados a tizón, fundaciones de bolón de río y cierros de tapia rematados en «lomo de toro», un borde redondeado de barro que los corona y protege.

Ese crecimiento estuvo ligado al cobre de Tamaya, donde tenía minas Bernardo del Solar, dueño de la hacienda Huamalata. Del Solar fundía el mineral en hornos de manga, que dejaban escorias con sulfuros de cobre imposibles de fundir con esa técnica; el alsaciano Carlos Lambert se las compró por una onza de oro diaria y las fundió en hornos de reverbero, una innovación que anticipó el auge del cobre chileno. A mediados del siglo XIX, Tamaya, ya en manos de José Tomás Urmeneta, llegó a producir más de la cuarta parte del cobre del país, y desde 1867 un ferrocarril la unía con Tongoy. El ferrocarril longitudinal llegó a Ovalle el 27 de diciembre de 1908 y ordenó la ciudad: su maestranza, de tres naves metálicas, alberga hoy una feria, y a su alrededor queda un conjunto de 48 viviendas ferroviarias de un piso, levantadas en las décadas de 1920 y 1930. La estación dejó de recibir pasajeros en 1975 y hoy es la sede del Museo del Limarí.

Entre los franceses que llegaron al valle por su cuenta, sin una migración organizada, estuvo Gabriel Maurat, que con socios construyó el canal El Palqui, hoy Palqui Maurat Semita: 44,5 kilómetros que riegan más de 1.200 hectáreas, sobre todo de uva pisquera y de mesa. Según Iribarren, en los años cincuenta y sesenta la mayor parte de las tiendas del centro de Ovalle pertenecía a comerciantes palestinos y, en menor número, sirios y libaneses. Los mallorquines llegaron en la primera década del siglo XX, cuando la filoxera ya había arruinado el viñedo de su isla, y lo hicieron como trabajadores agrícolas, no como propietarios; de acuerdo con Iribarren, empezaron destilando aguardiente y tres o cuatro familias terminaron produciendo piscos de alcance nacional. A comienzos de los años cincuenta llegaron trentinos, en una migración planificada entre los gobiernos de Gabriel González Videla y Alcide De Gasperi, aunque se asentaron sobre todo en La Serena y Coquimbo.

Fotografía antigua en blanco y negro: un andén ancho y vacío junto a la vía y, al fondo, un edificio bajo con techos de dos aguas, galería de pilares y un frontis de remate curvo, junto a un estanque de agua elevado y cerros.
Andén y edificio de la estación de Ovalle hacia 1936, en una publicación de la empresa estatal de ferrocarriles. Foto: Empresa de los Ferrocarriles del Estado, Dominio público (PD-Chile)
  1. 1687

    Terremoto de Lima. El Perú pasa a importar trigo de Chile.

  2. 12 de febrero de 1817

    Combate de Salala, que libera la provincia de Coquimbo. Participan vecinos de Barraza.

  3. 22 de abril de 1831

    Decreto de fundación de la villa de Ovalle, en Tuquí Bajo.

  4. 1865–1867

    Se construye el ferrocarril de Tongoy a Cerrillos de Tamaya.

  5. 27 de diciembre de 1908

    El ferrocarril longitudinal llega a Ovalle.

  6. Hacia 1920

    Se construye el canal Villalón, que hoy recorre 49 kilómetros y riega 9.210 hectáreas.

  7. 23 de marzo de 2011

    El poblado de Barraza es declarado Zona Típica, la única de la provincia.

Fe, fiesta y memoria

En el Limarí, la religiosidad popular no gira en torno a la Semana Santa ni al Corpus Christi, sino a las fiestas de la Virgen, del Niño Dios y de los santos patronos de cada pueblo, como explicó Peña en el simposio. Dentro de la provincia, el calendario empieza en enero con el Niño Dios de Sotaquí y termina en octubre con Nuestra Señora del Rosario de El Peral, en Punitaqui. Entre una y otra están, por ejemplo, la Virgen de la Piedra en La Isla de Cogotí, en mayo, y la Virgen del Carmen en Monte Patria, en julio. Según el cronista Bartolomé Ponce, la fiesta más antigua de Tulahuén es la procesión de septiembre en que la Virgen de las Mercedes recorre el valle para bendecir a sus habitantes, en especial a los enfermos. El centro histórico de este mundo está fuera de la provincia, en el santuario de la Virgen del Rosario de Andacollo, a cuya cofradía ya llegaban a fines del siglo XVII indígenas encomendados de Sotaquí, Limarí, Huamalata y Guana.

La expresión más reconocida de esta fe son los bailes chinos, que la UNESCO inscribió en 2014 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Cada baile es una hermandad de músicos danzantes: dos filas de flauteros que tocan en contrapunto, uno o más tamboreros que llevan el compás y un abanderado que guía con la bandera y canta versos y saludos a la imagen. Las flautas, hoy sobre todo de caña, no tienen orificios para los dedos y producen el «sonido rajado», con dos notas fundamentales y armónicos agudos disonantes; el traje, con bonete, faja y culero, recuerda al del minero colonial. Quien entra a un baile lo hace para cumplir una manda, una promesa hecha a la imagen, la mayoría de las veces por salud. Según Peña, muchos bailes de chinos y danzantes corren hoy el riesgo de desaparecer, porque los jóvenes prefieren los de instrumento grueso, con cajas y bombos, que llegaron en los años sesenta desde fiestas del Norte Grande como La Tirana.

Peregrinos con banderas celestes rodean un anda alta de madera roja, rematada en agujas y una cruz, que lleva una pequeña imagen vestida de blanco sobre un globo azul.
Procesión de la fiesta del Niño Dios por las calles de Sotaquí, comuna de Ovalle, el 11 de enero de 2009. Foto: dbravosilva (Flickr), CC BY-SA 2.0

En Sotaquí se venera una talla de madera del Niño Dios de 40 centímetros, que el Consejo de Monumentos Nacionales atribuye a la escuela quiteña. Su fiesta grande se celebra en torno al 6 de enero, día de la Epifanía, y reúne a decenas de miles de peregrinos; el primer domingo de septiembre hay además una «fiesta chica». La iglesia, de adobe sobre base de piedra canteada, se levantó entre 1896 y 1898 con las limosnas de los peregrinos y es Monumento Histórico desde 2006. En Barraza, parroquia desde 1680, el templo de San Antonio data del paso del siglo XVIII al XIX, con muros de adobe de un metro de espesor, y su diseño se atribuye a Joaquín Toesca, el arquitecto de La Moneda; también es Monumento Histórico. Allí, cada 15 de agosto y después de nueve días de rezos, se celebra la fiesta de San Antonio del Mar.

La memoria del valle se conserva también en sus relatos. En Barraza, Iribarren recogió una costumbre que ya no se practica: al atardecer, los niños menores de siete años, considerados todavía inocentes, corrían alrededor de las casas cantando «Ave María Purísima», y los adultos les respondían desde las esquinas «Sin pecado concebida» para ahuyentar a los malos espíritus. Otra parte está en los cementerios: en el de Tulahuén está sepultado el fotógrafo Sergio Larraín, de la agencia Magnum, muerto en 2012, y en el cementerio municipal de Ovalle se hacen desde 2024 recorridos nocturnos teatralizados en el Día de los Patrimonios. En Cerrillos de Tamaya, un pueblo nacido a mediados del siglo XIX junto a una estación de ferrocarril, las tumbas reproducen a escala templos como los de Andacollo y La Torre o el santuario de Santa Teresa de los Andes, entre remolinos de colores y flores de papel. Son sepulturas de familias y espacios de duelo, que conviene recorrer con respeto.

“Su característica es que sus tumbas multicolores son réplicas de iglesias de la región.”

Sergio Peña Álvarez, historiador

Vida campesina en tierra común

En el secano de la Región de Coquimbo, buena parte de la tierra no tiene un solo dueño: pertenece a comunidades agrícolas, agrupaciones de propietarios de un terreno rural común que lo ocupan, lo explotan o lo cultivan en conjunto. Las rige el DFL N.º 5 del Ministerio de Agricultura, modificado, entre otras normas, por la Ley 19.233, que se promulgó en Combarbalá el 21 de julio de 1993. Según la Subsecretaría de Bienes Nacionales, la región reúne 178 comunidades, casi todas las del país, dueñas de la cuarta parte del territorio regional; más de un centenar están en la provincia del Limarí, aunque no existe un registro oficial por comuna. En el simposio, Iribarren situó su origen en las estancias coloniales, en quebradas y en los terrenos que las separan, aptos para el trigo y el ganado, en la época en que la zona exportaba trigo a Lima. Para Mirtha Gallardo, dirigenta de las comunidades agrícolas del Limarí, lo que las distingue de cualquier otra organización es que sus acuerdos se toman de forma democrática y colectiva.

La vida de estas comunidades gira en torno a la cabra, cuya crianza es la principal actividad pecuaria de la región y en el secano se practica de forma extensiva. El ciclo alterna dos temporadas: en la invernada, durante el invierno y a comienzos de la primavera, el ganado pastorea en el secano y hacia la costa; en la veranada, sube a los pastizales de la cordillera, en Chile o en Argentina. Los crianceros de Monte Patria, Río Hurtado, Combarbalá y Punitaqui suben cada verano y bajan en otoño, en lo que Iribarren describió como un viaje permanente entre la cordillera, los lugares intermedios y la costa. Gallardo recordó que con la cabra los crianceros han pagado la educación de sus hijos, y resumió así una regla del oficio: «El criancero prefiere primero tener agua para sus animales antes que tenerla para él». Es también un oficio expuesto al clima: tras el sistema frontal de julio de 2026, un catastro preliminar del municipio de Monte Patria estimó más de 2.000 animales muertos, sobre todo cabras, por el frío, las heladas, la lluvia y la nieve.

El principal producto de ese sistema es el queso de cabra artesanal, de leche cruda, cuya situación legal un estudio de 2016 describió como indeterminada. Después de 1992, cuando las intoxicaciones atribuidas al queso artesanal hundieron la demanda y el kilo llegó a pagarse a 100 pesos, el Estado promovió plantas de queso pasteurizado; en Río Hurtado, 18 crianceros formaron en 1998 una sociedad para producirlo en una planta junto a Pichasca. La planta funcionó de manera discontinua: a los problemas de financiamiento y de costos se sumó que los socios se ausentaban para estar en las majadas o trasladar el ganado, y sin un suministro continuo de leche terminaron volviendo al queso artesanal. Una resolución sanitaria adecuada a la producción criancera es hoy una demanda que el sector reitera año tras año; sin ella, explicó Gallardo, es el comprador quien fija el precio.

La vida campesina también llega al mar. De las cinco comunas de la provincia, solo Ovalle tiene costa, y su municipio identifica ocho caletas, entre ellas Talcaruca, El Sauce, La Cebada y Sierra, donde se practican la pesca artesanal, el buceo, la extracción de mariscos y la recolección de algas. Gallardo recordó que entre los comuneros también hay pescadores artesanales. Caleta Sierra, antes llamada El Maitén, está habitada desde 1948, y el 6 de marzo de 2026 el Ministerio de Bienes Nacionales entregó el decreto de expropiación de su terreno, que incluye la escuela y la iglesia. Fue el primer traspaso en la Región de Coquimbo bajo la Ley de Caletas, que permite entregar el borde costero a las organizaciones de pescadores.

Llano de tierra y piedras con cactus columnares y arbustos verdes, frente a cerros áridos y una cordillera azulada bajo un cielo con nubes.
Secano de la Comunidad Rodeo Viejo, en la comuna de Combarbalá, con quiscos, matorral y los cordones precordilleranos al fondo. Foto: PNUD Chile, Dominio público
  • Tres tipos de suelo. La ley distingue el terreno común, que se usa en conjunto y sobre todo para el pastoreo, según lo que resuelva la Junta General de Comuneros; el goce singular, asignado de forma permanente a un comunero y su familia, y la lluvia, asignada por un período. En la práctica, según un estudio de 2007, en las lluvias se siembran trigo, avena, cebada, porotos, arvejones o forraje, y la casa, los corrales y el huerto familiar están en las posesiones, terrenos que la costumbre asigna de por vida a una familia.
  • El agua del comunero. Ser comunero es tener un derecho o cuota sobre el predio común. Ese derecho da acceso al terreno común, a los derechos de agua inscritos de la comunidad, a las aguas lluvias y a las vertientes que nacen, corren y mueren dentro del predio.
  • Majadas y veranadas al otro lado. En los sectores aislados de alta montaña, los crianceros usan majadas, pequeñas viviendas rústicas con al menos un corral, que sirven de refugio y de lugar para hacer queso. Desde 2014, su paso a los Altos Valles de Calingasta, en la provincia argentina de San Juan, se rige por un acta binacional para cada temporada, con contratos de talaje, el pago por pastorear en un predio ajeno, y certificados zoosanitarios del SAG. En la temporada 2025-2026, el ingreso se abrió el 10 de diciembre y la salida debía completarse el 20 de marzo.
  • Trigo, pan y huerta. Gallardo nombró como las actividades más persistentes de las comunidades la crianza de cabras y la siembra de trigo para el pan de la casa, trillado a yegua suelta: las yeguas corren sobre las espigas en una era hasta separar el grano de la paja. Entre lo que se está perdiendo mencionó la alimentación sana y la huerta de autoconsumo. En El Chañar, en Río Hurtado, recordó Iribarren, se horneaba bizcocho, un pan sin levadura y de doble cocción, para los viajes de varios días a la cordillera.
  • Un campo que se despuebla. Los estudios de comienzos de este siglo describen una migración de jóvenes, sobre todo de mujeres. Según Gallardo, las escuelas unidocentes de las comunidades empiezan en primero básico, y para los cursos anteriores las madres se van con los niños a la ciudad; muchas ya no vuelven. En Peñablanca, comuna de Ovalle, la población bajó de 204 personas en el censo de 1992 a unas 100 en el de 2017.

Materia y sabor del valle

El pisco es uno de los productos que más identifican al Limarí. Su denominación de origen nació con el DFL 181, del 15 de mayo de 1931, fecha en que hoy se celebra el Día Nacional del Pisco. En el departamento de Ovalle, ese decreto solo amparó las tierras al norte de los ríos Limarí, Grande y Rapel. Por eso, como recordó en el simposio el investigador y sommelier Fernando Mujica Fernández, Monte Patria quedó dividida entre un norte pisquero y un sur aguardentero hasta 1936, cuando la Ley 5.841 incorporó la parte sur de la comuna. Desde el año 2000, el Decreto 521 define como zona pisquera la totalidad de las regiones de Atacama y Coquimbo, y en 2022 la Región de Coquimbo concentraba el 94% de las 9.122,3 hectáreas de vides pisqueras del país.

La norma exige destilar en alambiques de ciclo discontinuo, en los que una caldera calienta el vino y el vapor se condensa en un serpentín enfriado con agua, pero no obliga a que sean de cobre ni a calentarlos a fuego directo. Al menos dos pisqueras de Monte Patria declaran destilar con leña. Pisquera Tulahuén, en la precordillera, describe alambiques tradicionales de cobre y leña y trabaja con moscatel de Alejandría y moscatel rosada del valle; Pisquera Casa Juliá, en Rapel, destila a fuego directo bajo la guía de tres maestros que trabajan «a nariz». Mujica vinculó ese oficio con la tradición alquímica y recordó el vocabulario de los destiladores, que separan la cabeza, el corazón y la cola de lo que sale del alambique, conservan solo el corazón y llaman «parte de los ángeles» al alcohol que se evapora durante el reposo en madera. También propuso crear, dentro de la denominación, una categoría de pisco artesanal.

El vino tiene un marco más reciente: el Decreto 464, de 1994, definió la subregión vitícola Valle del Limarí con las áreas de Ovalle, Monte Patria, Punitaqui y Río Hurtado. Parte de sus viñedos crece en suelos calcáreos, con carbonato de calcio, como los que Spumante Limarí describe en sus viñas, a unos 30 kilómetros del océano; la empresa elabora espumantes orgánicos por el método tradicional, con la segunda fermentación en la misma botella. En el conversatorio del simposio, Mujica advirtió que la idea de los «vinos de suelo» es muy nueva y que aún no se sabe si llegará a ser tradición. Junto a la parra crece el olivo, que según Peña suele omitirse cuando se habla de esta zona. El INIA registra que en los años cincuenta se impulsaron zonas olivícolas en las provincias de Limarí y Huasco; hoy el olivo ocupa más de 3.600 hectáreas en la Región de Coquimbo, donde es el cuarto cultivo en superficie.

La guía Destino Ovalle 2022, de Sernatur, sitúa al valle entre los mayores productores de queso de cabra de la Región de Coquimbo, el oficio de los crianceros descrito en el capítulo Vida campesina. El 10 de octubre de 2026, el Día de la Trashumancia organizado por los crianceros de Piedras Bonitas, en Monte Patria, incluyó en su programa un almuerzo de cabrito al jugo, cazuela de gallina y churrascas con queso asado. La churrasca es un pan plano que se cuece sobre brasas o en la plancha de la cocina a leña. Mujica, que revisó las guías turísticas y la revista En Viaje publicadas entre 1930 y 1973, contó que casi no mencionaban la cocina del Limarí, salvo las frutas de Combarbalá, el dulce de cayote, el camote y el higo. A partir de su experiencia en Fuente Toscana, el restaurante de la Red en Ovalle, propuso entender un restaurante como una «embajada cultural»: una vitrina donde exhibir el patrimonio del territorio.

Largas hileras de parras sujetas a alambres sobre un suelo de piedras y tierra clara, con cerros bajos al fondo y luz de tarde.
Viñedo en espaldera de Viña Ocho Tierras, en el Valle del Limarí, comuna de Ovalle. Foto: Diego Hurtado (dhurcat), Flickr, CC BY 2.0
Racimo de uvas blancas de granos redondos y dorados que cuelga entre hojas verdes de parra iluminadas por el sol.
Uva pisquera madura en un predio de las cercanías de Ovalle. Foto: Ovallito.cl (Wikimedia Commons), CC BY-SA 2.0
Alambiques de cobre con cuellos curvos y columnas, montados sobre hornos de ladrillo pintados de rojo, bajo un techo de zinc cruzado por cañerías.
Alambiques de cobre sobre hornos de ladrillo. La foto no es del Limarí: se tomó en una pisquera de la comuna de Vicuña, en el valle del Elqui. Foto: S. Rae from Scotland, UK, CC BY 2.0
Parras sostenidas por postes y tirantes de madera junto a un camino de tierra, con álamos a un costado y cerros secos al fondo.
Viñedo conducido en parrón en Pedregal, comuna de Monte Patria, en otoño. Foto: Larrymox, CC BY-SA 3.0
Seis copas y una bandeja de piedra pulida, con vetas crema, rosadas y ocres, sobre un mantel de lino.
Copas y bandeja talladas en combarbalita. La foto no es del Limarí: las piezas se compraron en Tongoy y se fotografiaron en una casa. Foto: Marcelo Avalos Tejeda (Wikimedia Commons), CC BY 2.5
Mesones con frutas y verduras bajo la estructura metálica de un galpón, con compradores entre los puestos y un perro en primer plano.
Feria Modelo de Ovalle, en la antigua maestranza ferroviaria. Según Sernatur, reúne a agricultores de más de 200 villorrios. Foto: Angela Ramos (Wikimedia Commons), CC BY-SA 4.0
  • Cuatro categorías de pisco. Según su graduación alcohólica mínima, el pisco es corriente o tradicional (30°), especial (35°), reservado (40°) o gran pisco (43°). Las menciones «guarda» y «envejecido» exigen al menos 180 y 360 días de reposo en madera, respectivamente.
  • Moscateles y Pedro Jiménez. La norma autoriza hoy once variedades de uva pisquera. En 2022, la Pedro Jiménez cubría el 49% de la superficie pisquera del país, seguida por la Moscatel de Austria (19%), la Moscatel Rosada o Pastilla (17%) y la Moscatel de Alejandría o uva Italia (12%).
  • Parrón y vendimia. En el parrón español, la vid forma un techo horizontal de alambres sostenido por postes a unos dos metros del suelo; es común en la uva pisquera y de mesa del Norte Chico. La vendimia pisquera comienza a mediados de febrero.
  • Una cooperativa de los años treinta. La Cooperativa Control Pisquero fecha su origen en 1931, cuando nueve productores del Elqui se unieron de manera informal; se constituyó formalmente en 1933 y hoy tiene su sede en Ovalle. Según Mujica, ese cooperativismo distinguió al pisco de otras denominaciones chilenas de los años treinta, como las de los vinos generosos y el asoleado, cuyos productores, dijo, nunca se asociaron.
  • Aceite extra virgen. En la comuna de Ovalle, Qori Aceite de Oliva elabora aceite extra virgen con las variedades arbequina, arbosana y coratina.
  • Cabrito. Es la cría de cabra destinada a carne; en las fiestas del valle se prepara al jugo, a las brasas, al palo, al horno o al disco, y también en empanadas. En Ovalle tiene su propia fiesta, a fines de enero o comienzos de febrero, en el Parque Recreacional Los Peñones.
  • Rumpa. Así se llama en el Limarí el fruto del copao (Eulychnia acida), un cactus endémico de Chile que crece sobre todo en la Región de Coquimbo, desde el nivel del mar hasta unos 1.200 metros. Es verde o rosado, ácido, tiene cerca de 96% de agua y se consume localmente.
  • Combarbalita. En los alrededores de Combarbalá se extrae esta roca ornamental, Piedra Nacional desde 1993, con la que se tallan vasos, joyeros, ceniceros y otros objetos, y se hacen joyas engastadas en metal. En 1993, su extracción dependía de la demanda de los artesanos, que llevaban poco más de dos décadas llamándola así.

Recorrer el valle

Dónde quedan los lugares de esta página y qué se celebra en el valle a lo largo del año.

La página de lugares ordena por comuna los sitios naturales y arqueológicos, los pueblos, los templos y las caletas que aparecen en estos capítulos, junto con un calendario de fiestas y temporadas y algunas recomendaciones para visitar el valle con respeto. Muchos datos prácticos cambian de un año a otro, así que antes de salir conviene confirmar horarios, accesos y el estado de los caminos.

Buena parte de lo que se cuenta en esta página se escuchó en el simposio «Limarí, lo que somos», el 13 de octubre de 2026 en el Teatro Municipal de Ovalle. Expusieron la arqueóloga Daniella Jofré, los historiadores Rodrigo Iribarren Avilés y Sergio Peña Álvarez, la dirigenta de las comunidades agrícolas Mirtha Gallardo y el investigador y sommelier Fernando Mujica Fernández. La página del simposio reúne el programa, las exposiciones y las voces de la jornada.